Dígase lo que se diga de la conquista de “El Nuevo Mundo” por los españoles, y que si “El Día de la Raza”, 12 de Octubre tiene algún sentido justo, etc. etc., lo cierto es que aquellos misioneros venidos de España, estaban llenos de audacia, de una santa audacia, para dejar su tierra y aventurarse a un mundo desconocido: desconocida la tierra, desconocidas las costumbres, desconocida la lengua… Y así y todo, vinieron trayendo el Mensaje de la salvación y sembrando la semilla de la esperanza y el amor.
Fueron en estas tierra los primeros sembradores de la Palabra de salvación, desde la villa rica de la Vera Cruz, hasta lo que hoy conocemos como la ciudad de San Francisco California…
Y en todos los lugares llevaban a la Virgen María como principal misionera. Ella fue la que, con discreción de mujer, desde su silencio amoroso, abrió el surco, o preparó el huerto para la implantación del Evangelio. Eso sucedió allá en el Valle de México, conducida en el regazo de un indio, adherida a su manto –su manta-, y aquí muy cerca, en la Nueva Galicia, conducida amorosamente sobre el pecho de un fraile franciscano.
Es la misma discípula misionera, que realizó su primer viaje misional de Nazaret, donde aprendió como discípula, y fue presurosa a las montañas de Judea para evangelizar a Juan el Bautista; la misma que viajó del cielo, donde es la discípula más adelantada, al Tepeyac, con el sobrenombre de Guadalupe, para evangelizar a otro Juan; la misma que vino a esta tierra con el sobrenombre de Zapopan, para evangelizarnos a nosotros…
Ella es y ha sido siempre la misionera que no tiene otra misión que llevar a Cristo a sus hermanos los hombres. Ella es por eso nuestro modelo, porque es la auténtica discípula y misionera.